Jazz, mi perro
Hace años a la finca llegó una alegría diferente, otra
alegría mas, pero con patas, hocico, cola y manchas negras, amarillas y
blancas, una mezcla destinada a ser feliz, tanta alegría que la manifestaba
hasta la saciedad, la ofrecía con intensidad a la cual no estamos
acostumbrados, nunca pensé que las manifestaciones de alegría cansaran, pero
si, ladraba, corría, saltaba hasta dejar huella en las cinturas, caderas, piernas
o por donde pudiera dejar pintada las tres almohaditas con uñas.
Fue creciendo igual que su alegría, nunca se vio el perro
serio, mantuvo su espíritu infantil hasta los últimos días, solo en ocasiones
dejó de reír, como cuando quiso jugar con un Puerco espín, con el hocico y la
lengua llena de púas lloró su equivocación y cuando queriendo jugar con un
gatico bebe, lo apretó mucho, recibió un sanción política y familiar.
Nunca supo la fuerza que heredó del Pitbull, pero si sabía
de la mansedumbre del gozque, tenía la presencia del depredador y el alma de la
oveja, era perro y amigo, era un niño por dentro que no sabía otra cosa que
jugar, no quiero pensar que era cobarde, simplemente tenía el miedo los niños.
Se fue por confiado, no sabía del engaño que tienen los venenos,
de culebra o de comida contaminada, igual que Jazz no quiero pensar que alguien
hubiera sido capaz de darle veneno. Conociendo mi perro me inclino a pensar que
fue con una culebra que no sabía de juegos inocentes.
Ya no estoy triste, tengo los recuerdos que me alegran y su
paso por la finca fue una época, igual que los chinos tienen épocas de animales,
creo que en la finca Moniyamena terminaron los años del perro, del perro Jazz y
siguen los de la Luna, amiga que también ladra. Vendrán mas alegrías de eso
estoy seguro.
