Misael miró su gallo de raza criolla, elegante, feliz patrón
de muchas gallinas, alimentado con frutas, verduras, maíz cosechado a mano,
grillos, saltamontes, flores de maní, refrescado con agua limpia del nacedero, encargado
de despertar al mundo cuando sale el sol, era parte del paisaje.
Manso con su
amo se dejo cargar, lo llevó al pueblo y sin apreciar su valor real lo vendió.
Con unos pocos pesos en una mano, sus hijos y mujer en la otra entró a un
asadero de pollos recalentados y de piel tostada y repletos de salsa para darle
sabor a pollo, compró la promoción del día: unas cuantas papas “francesas” importadas,
dos gaseosas de multinacional, salsa de tomate transgénicos, servilletas
brasileras y unos cubierto plásticos chinos. Pagó más de lo que obtuvo por su
gallo, pero sus hijos se sentían como los que veían en televisión.
La historia anterior sucede en Colombia a diario, basta con
cambiar la frase: gallo de raza criolla por recursos naturales y Misael por
colombianos. La minería legal e ilegal, los megaproyectos agrícolas de la
altillanura, la misma energía eléctrica, el contrabando de germoplasma y encima
de todo los TLC, con amenazas desconocidas son del día a día del país. No
sabemos lo que tenemos, pero sí se está vendiendo sin control. Parece que todos
somos como Misael, solo algunos pocos se beneficia con un comercio tan injusto.
Si quieren o el mundo necesita nuestros recursos naturales,
por lo menos debemos hacerles un proceso como mínimo en el país, se deben
solicitar al gobierno que monte industrias para generar desarrollo y no
solamente vender la materia prima. La recolección es la mas baja etapa del
desarrollo, pues no tiene transferencia
de tecnología.

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